Gonzalo |
| La Respuesta de Sodoma |
Ahora voy a tratar otro tema que afecta
profundamente nuestras vidas y que viene entrelazado con los anteriores: la
moral.
Las religiones son empresas que venden un
producto imaginario: un plan de salvación; que nos salva de otra cosa
imaginaria: el pecado, y que nos promete como resultado dos posibilidades
igualmente imaginarias: la salvación eterna o la condena también
eterna, y que produce dos resultados psicológicos reales: el complejo
de culpa y el temor. Y lo prohibido, el pecado, es precisamente todo lo que
el hombre desea. La lógica no puede ser otra...pues de otra manera
no habría que salvar de nada, no existiría el plan de salvación
y la empresa no existiría. Ahora bien, como todo producto se vende
se vende porque existe clientela, porque tiene demanda.
Si la liberalidad romana que aceptaba todas
las creencias fué sustituida por las ideas fanáticas e intolerantes
de una secta, la cristiana, mezcla de judaísmo y paganismo, cogiendo
lo peor de todas las partes, no fué solo debido a una desafortunada
decisión del emperador Constantino, sino porque gran parte de la sociedad
romana se había hundido ya en el baño del fanatismo, motivado
quizás porque sus creencias tradicionales habían quedado superadas
debido a una avance del pensamiento que no pudo en aquel momento ofrecer
otra respuesta, fabricandose un vacío que fué llenado por una
idología atroz, que convirtió al estado romano, un estado de
derecho, en un estado totalitario.
Ahora bien, no quiero hacer un ataque contra
las religiones como si fuesen una manifestación del mal, más
bien quiero pensar que todas las formas de expresión del pensamiento
han sido senderos tortuosos por los que la inteligencia ha avanzado.
Esta no es solo una historia de buenos y
malos, al igual que cualquier otra historia humana.
La maldad intrínseca no existe: actuamos
en relación con las circunstancias y la influencia es recíproca.
La física cuántica no dice
que ningún experimento es ajeno al experimentador, que experimento
y experimentador se interrelacionan y este mismo fenómeno lo podemos
ver en todos los ámbitos de nuestra existencia.
Nuestro universo establece su armonía
en un delicado y sutil equilibrio de fuerzas que hace que cada cosa esté
exactamente en el lugar que le corresponde como resultado de las fuerzas que
los influyen.
Este principio físico es aplicable también
a todas las demás interrelaciones, por lo tanto cada acontecimiento
podríamos decir es el resultado, el punto de equilibrio, logrado por
todos los factores que intervinieron en su consecución. De lo que
podemos deducir que cualquier acontecimiento histórico no es sólo
el resultado de la bondad o maldad de ningún líder, por brillante
quen haya podido ser, ni por el triunfo apoteósico de ninguna idea.
Los resultados son el punto de equilibrio de las innumerables fuerzas e interrelaciones
que han contribuido a él.
Entraré ahora en los dos aspectos
malditos de la moral cristiana: la ambición y el sexo. Estos son los
dos grandes pecados de esta moral. Al primero se opone como virtud la humildad
y al segundo la castidad, y seguir estas premisas del cristianismo equivale
a producir en el hombre la mayor castración psicológica posible
pues al contrario para su realización el hombre precisa de ambición
y sexo libres. Una ambición liberada de complejos de culpa que nos
permite marcarnos altos objetivos en nuestras vidas, que nos levante con
fuerza cada mañana para dar un paso más allá en la consecución
de una mayor riqueza y libertad. Que nos dé la autoconfianza para
avanzar por la vida cumpliendo nuestras metas fijadas de antemano, con fuerza
y perseverancia, seguros de nuestras capacidades. Una ambición libre
que nos haga ser cada día más sabios y más ricos en
todos los aspectos.
Y el sexo, nuestra mayor fuerza motivadora, cosa
que no puede ser de otra manera, ya que la evolución ha gratificado
al máximo la reproducción para asegurar la supervivencia de
la especie. Pero nuestra especie no está amenazada de extinción
y podemos emplear todo el potencial del sexo para nuestro placer, para nuestra
gratificación personal y para establecer relaciones erótico-afectivas
con los demás.
La naturaleza no ha dado un espléndido regalo
que somos libres de usar como queramos.
La moral ha manipulado en su beneficio al sexo,
convirtiéndolo en la cosa más denostada, llamando natural al
sexo destinado a la procreación y perversión a todo lo que
es placer y fantasía. Como si el ser humano, cuya característica
diferenciadora de los animales es precisamente su capacidad intelectual, en
lo que al sexo se refiere, se tuviese que limitar a la práctica mecánica
del coito, negandosele todo explotación placentera del sexo.
Las ideas morales sobre el sexo son las que tienen
un arraigo social más hondo, dándose la paradoja de que personas
que viven totalmente de espaldas a las religiones e incluso participan de
ideologías hostiles a ellas continuan viviendo de acuerdo a esa moral
convencidos de que lo que se aparta de ella es perversión.
Y la perversión no existe ni tampoco los
pervertidos. Hay practicas y fantasías sexuales orientadas hacia el
placer y que cada persona puede dirigir hacia donde le plazca o le convenga.
La literatura moral pseudo-científica ha
mostrado la fantasía erótica como enfermedad congénita
incurable o como vicio adquirido para el que existía tratamiento psiquiátrico.
Cuando tenía dieciseis años cayó
en mis manos un libro escrito por un médico que se llamaba
"Las aberraciones sexuales" , entre las que figuraban
aberraciones tan curiosas como el "froteurismo", que consistía en
ir a hacer roces oportunistas en los transportes públicos; y la común
masturbación de la que afirmaba que los que la practicaban con asiduidad
terminaban en el manicomio.
Como realmente se podía terminar en el manicomio
era creyéndose las pamplinas del libro, pero nuestro cerebro tiene
sistemas de autodefensa que han permitido la supervivencia de un grado de
libertad y placer en el sexo a pesar de los feroces ataques que les han dirigido.
Toda la diversidad de las prácticas sexuales
no es sino muestra de la diversidad que muestra el hombre en todos los ámbitos
y cualquier práctica es lícita siempre que sea libremente aceptada
por los interesados.
Y ello nos lleva a reconocer la libertad de cualquier
persona para disponer de su cuerpo como le plazca.
Los avances del conocimiento en el área de
la reproducción nos sitúa ya en un punto en el que podemos hacer
sexo sin reproducción y reproducción sin sexo.
El pasado de la evolución fué darwinista
y el futuro en más de un sentido será lamarckiano: la acción
del conocimiento acumulado. La futura evolución de la vida en la Tierra
está ya en manos de la inteligencia, que la dirigirá hacia
donde le convenga mediante la manipulación genética.
Y aquí quiero hacer una prevención
sobre una especie de temor que propalan los moralistas: el de hacernos creer
que la ingeniería genética representa un sinfín de potenciales
terrores y monstruosidades al suponer que malvados científicos la
usarán para inimaginables maldades.
Sepan en primer lugar que el avance del conocimiento
es imparable y que los peligros para el hombre y la vida en la Tierra nunca
han venido de él, sino de los sectarios y los fánaticos; ningún
científico ha quemado vivo a nadie nunca por no compartir sus ideas,
quienes hacen esto no son las personas del conocimiento, quienes lo hacen
son los dogmáticos y los iluminados.
Nuestro Universo nos muestra un orden y unas
constantes perfectas y desde su origen sigue un camino definido hacia la formación
de unidades más complejas y cada nueva complejidad posee unas nuevas
cualidades que no se explican por la suma de los elementos que la constituyen,es
lo que se llaman cualidades emergentes. No conocemos el porqué ni
el origen ni el destino de estas circunstancias pero sabemos que es así
porque lo tenemos al alcance de nuestra observación, al alcance de
nuestro conocimiento. Y esta misma fuerza o suma de fuerzas o azares o disposición
inteligente o lo que sea no sitúa frente a nuevos problemas cada día
pero asimismo nos da la capacidad para solucionarlos.
Y así cada nuevo descubrimiento o invento
nos pone frente a una nueva problemática y con ella misma viene su
capacidad de solución y cuanta mayor es su trascendencia más
responsables nos hace.
En 1945 con la explosión de las primera
bombas atómicas usadas militarmente, la humanidad entraba en una nueva
mayoría de edad, era un salto desde el que nada sería ya igual
desde entonces. Con el descubrimiento de las reacciones básicas de
la materia se estrenaba la posibilidad del exterminio de la especie y de
la vida en la Tierra en general, pero se estrenaba también una nueva
responsabilidad que traerá consigo el fin de las guerras.
Ninguna guerra a gran escala sería ya la
de los desfiles y las medallas, de las banderas, del honor, del valor de
y la parafernalia militar conocida; sería la guerra de la electrónica,
del computador y del arma final, pero será precisamente esta perspectiva
de destrucción total la que hará que no se produzca, la que
nos enseñará a vivir en paz y como requisito de ella huir de
los extremismos y los fanatismos.
Esa es la respuesta de Sodoma, destruida imaginariamente por la columna de fuego del fanatismo y del dogmatismo, asesinos de la libertad y la tolerancia, nos dice que tenemos que vivir en libertad y en tolerancia si no queremos suicidarnos como especie bajo la columna de fuego de la reacción nuclear.
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