Gonzalo

 

                   La Respuesta de Sodoma
  La decisión de hacer algo a menudo viene dada por un suceso determinante que la pone en movimiento, que decide poner en práctica algo que latentemente estaba ya gestado. La decisión de hacer este escrito viene dada como consecuencia de la muerte de un amigo, Gonzalo,  con el que ahora hace de más de un año tuvimos la idea de escribir un libro al considerar que teníamos ideas y  material suficiente para ello.
  La primera idea fué que lo escribiesemos entre varias personas en forma de cartas dirigidas entre nosotros, exponiendo y contestando cada uno con su punto de vista. La idea nunca se materializó a pesar de que él insistió varias veces sobre el tema.
  Durante su agonía me tuve que enfrentar a la idea de la muerte cierta por primera vez en mi vida, una vez supimos que el curso de la enfermedad era irreversible y a corto plazo.
  Una muerte que curiosamente sólo nos aterra al conocer su certeza más o menos inmediata, al sentirla como un suceso que acaecerá dentro de un espacio de tiempo previsible, como si el desconocimiento de esta circunstancia la hiciese inexistente, cuando en sí es un destino que está escrito desde el mismo momento de nacer.
  Y en aquellos momentos en que le daba ánimos y me los daba a mi mismo, pensé en la bella idea hindú de la Unidad, sobre la Unidad que subyace sobre las mil caras de Maya: la ilusión Esta misma Unidad sobre la que se preguntaban los filósofos griegos, cual era la esencia última de las cosas,que era lo que subsistía al devenir, al continuo cambio, la realidad última e inmutable. A lo que la física ha contestado dos mil años después: la Unidad es la energía y la materia es también energía y todas sus formas no son más que manifestaciones de esta energía en movimiento, organizandose progresivamente en unidades más complejas hasta llegar que nosotros sepamos a la inteligencia. Complejidad cuya causa podemos situar en el azar y la necesidad o en un origen más amplio que de momento escaparía a nuestro conocimiento.
  También pensé en la idea de la eternidad del momento, todo momento pasado, presente y futuro tiene esta esencia de eternidad. El tiempo podrá pasar, pero jamás borrar lo que ha sido. Lo que ha sido ha sido para siempre. Cada suceso estaba allí grabado para toda la eternidad, y así el futuro se funde con el pasado en el presente, porque pasado, presente y futuro son la misma cosa: energía en movimiento.
  Pensé en el temor, temor que inicialmente inventó la selección natural para proteger a la vida y que ha sido objeto de las más burdas manipulaciones; especialmente el temor a la muerte y a los supuestos infiernos que se han situado detrás de ella. Temor sobre el que se han edificado todas estas empresas del miedo que son las sectas, denominación en la que incluyo a nuestras tradicionales religiones cristianas.
  Desconocemos lo que pueda haber detrás de la muerte, todas las posibilidades están abiertas  y somos libres de imaginar lo que psicologicamente nos satisfaga más. La idea de una trascendencia de la vida no es en absoluto descabellada; podemos considerar milagroso que del inicial átomo de hidrógeno se haya llegado a un ser que se pregunta sobre sí mismo. Así que bien podemos pensar que existen fantásticas realidades que desconocemos y a las que el futuro dará respuesta. Dice "El Profeta" que la casa del mañana no la podemos visitar ni en sueños y este enigma hoy por hoy posiblemente ni en sueños lo podemos visitar.
  Lo que sí conocemos es la manipulación que se ha venido haciendo sobre el origen y la trascendencia de la vida por parte de las religiones, fundándose en la manipulación psicológica del temor.
  Para mi es difícil concebir que si el universo y la vida han tenido su origen en una inteligencia superior, cosa que por supuesto desconozco, esa inteligencia haya dispuesto para mi una cámara de torturas para toda la eternidad en el supuesto de que me masturbe, me acueste con quien me plazca o atraque un banco.
  Con este escrito no pretendo solamente expresar mis ideas, intento además hacer algo útil, algo que pueda servir al lector, y una de sus mayores utilidades sería que le ayudase a superar sus temores, que le ayude a comprender que los temores son estados mentales, que secularmente han sido fomentados y que está plenamente en su mano el suprimirlos, el transformarlos en valor. Valor que hasta ahora sólo nos ha sido enseñado para aplicar en el terreno militar y normalmente practicado por héroes y personajes míticos que veíamos situados en una altura inalcanzable.
  La lógica de la represión aplicada por la religión y la sociedad ha sido pura y simplemente la de expandir el miedo: miedo a la muerte, miedo al más allá, miedo a la autoridad, miedo a la cárcel, miedo a toda clase de castigos reales o imaginarios y la última versión, miedo a la delinciencia menor y al paro, a la pobreza que conlleva.
  Nunca se ha enseñado el valor como un estilo de vida, como algo que se aplica en la vida cotidiana, en cada minuto y en cada segundo de la vida de la persona. El futuro es nuestra trascendencia  y se construye a partir del presente y yo quiero un futuro sin  miedo, un futuro en el que en las escuelas no enseñen ni el temor religioso ni el temor social y a la construcción de este futuro quiero aportar mi grano de arena.
  El temor y el valor son estados mentales que están en nuestra mano el controlar y queremos y nos los proponemos. El miedo, resto primitivo de la evolución, no nos sirve ya para nada. El miedo no nos soluciona ningún problema: el miedo a la muerte no nos la va a evitar; tampoco no nos va a evitar ningún riesgo, lo que nos evita los riesgos es la previsión inteligente. El miedo y la preocupación, que es hija del miedo, agotan nuestros recursos y nos impiden actuar de manera positiva y eficaz.
  Y el valor, el valor a que me refiero no es evidentemente la bravuconería violenta y temeraria que organiza trifulcas los fines de semana y llena las carreteras de muertos. El valor a que me refiero es la decisión serena y firme de enfrentarnos sin miedo a la solución de todos nuestros problemas de una manera positiva y racional, basándonos en una evaluación real de las circunstancias adversas que inteligentemente podemos minimizar al máximo pero sabiendo que en última instancia la vida no es siempre un camino de rosas, que el peligro es parte intrínseca de la existencia y como tal lo demos asumir si queremos una vida plena y feliz.

 Ahora voy a tratar otro tema que afecta profundamente nuestras vidas y que viene entrelazado con los anteriores: la moral.
  Las religiones son empresas que venden un producto imaginario: un plan de salvación; que nos salva de otra cosa imaginaria: el pecado, y que nos promete como resultado dos posibilidades igualmente imaginarias: la salvación eterna o la condena también eterna, y que produce dos resultados psicológicos reales: el complejo de culpa y el temor. Y lo prohibido, el pecado, es precisamente todo lo que el hombre desea. La lógica no puede ser otra...pues de otra manera no habría que salvar de nada, no existiría el plan de salvación y la empresa no existiría. Ahora bien, como todo producto se vende se vende porque existe clientela, porque tiene demanda.
  Si la liberalidad romana que aceptaba todas las creencias fué sustituida por las ideas fanáticas e intolerantes de una secta, la cristiana, mezcla de judaísmo y paganismo, cogiendo lo peor de todas las partes, no fué solo debido a una desafortunada decisión del emperador Constantino, sino porque gran parte de la sociedad romana se había hundido ya en el baño del fanatismo, motivado quizás porque sus creencias tradicionales habían quedado superadas debido a una avance del pensamiento que no pudo en aquel momento ofrecer otra respuesta, fabricandose un vacío que fué llenado por una idología atroz, que convirtió al estado romano, un estado de derecho, en un estado totalitario.
  Ahora bien, no quiero hacer un ataque contra las religiones como si fuesen una manifestación del mal, más bien quiero pensar que todas las formas de expresión del pensamiento han sido senderos tortuosos por los que la inteligencia ha avanzado.
  Esta no es solo una historia de buenos y malos, al igual que cualquier otra historia humana.
  La maldad intrínseca no existe: actuamos en relación con las circunstancias y la influencia es recíproca.
  La física cuántica no dice que ningún experimento es ajeno al experimentador, que experimento y experimentador se interrelacionan y este mismo fenómeno lo podemos ver en todos los ámbitos de nuestra existencia.
  Nuestro universo establece su armonía en un delicado y sutil equilibrio de fuerzas que hace que cada cosa esté exactamente en el lugar que le corresponde como resultado de las fuerzas que los influyen.
Este principio físico es aplicable también a todas las demás interrelaciones, por lo tanto cada acontecimiento podríamos decir es el resultado, el punto de equilibrio, logrado por todos los factores que intervinieron en su consecución. De lo que podemos deducir que cualquier acontecimiento histórico no es sólo el resultado de la bondad o maldad de ningún líder, por brillante quen haya podido ser, ni por el triunfo apoteósico de ninguna idea. Los resultados son el punto de equilibrio de las innumerables fuerzas e interrelaciones que han contribuido a él.

  Entraré ahora en los dos aspectos malditos de la moral cristiana: la ambición y el sexo. Estos son los dos grandes pecados de esta moral. Al primero se opone como virtud la humildad y al segundo la castidad, y seguir estas premisas del cristianismo equivale a producir en el hombre la mayor castración psicológica posible pues al contrario para su realización el hombre precisa de ambición y sexo libres. Una ambición liberada de complejos de culpa que nos permite marcarnos altos objetivos en nuestras vidas, que nos levante con fuerza cada mañana para dar un paso más allá en la consecución de una mayor riqueza y libertad. Que nos dé la autoconfianza para avanzar por la vida cumpliendo nuestras metas fijadas de antemano, con fuerza y perseverancia, seguros de nuestras capacidades. Una ambición libre que nos haga ser cada día más sabios y más ricos en todos los aspectos.
Y el sexo, nuestra mayor fuerza motivadora, cosa que no puede ser de otra manera, ya que la evolución ha gratificado al máximo la reproducción para asegurar la supervivencia de la especie. Pero nuestra especie no está amenazada de extinción y podemos emplear todo el potencial del sexo para nuestro placer, para nuestra gratificación personal y para establecer relaciones erótico-afectivas con los demás.
La naturaleza no ha dado un espléndido regalo que somos libres de usar como queramos.
La moral ha manipulado en su beneficio al sexo, convirtiéndolo en la cosa más denostada, llamando natural al sexo destinado a la procreación y perversión a todo lo que es placer y fantasía. Como si el ser humano, cuya característica diferenciadora de los animales es precisamente su capacidad intelectual, en lo que al sexo se refiere, se tuviese que limitar a la práctica mecánica del coito, negandosele todo explotación placentera del sexo.
Las ideas morales sobre el sexo son las que tienen un arraigo social más hondo, dándose la paradoja de que personas que viven totalmente de espaldas a las religiones e incluso participan de ideologías hostiles a ellas continuan viviendo de acuerdo a esa moral convencidos de que lo que se aparta de ella es perversión.
Y la perversión no existe ni tampoco los pervertidos. Hay practicas y fantasías sexuales orientadas hacia el placer y que cada persona puede dirigir hacia donde le plazca o le convenga.
La literatura moral pseudo-científica ha mostrado la fantasía erótica como enfermedad congénita incurable o como vicio adquirido para el que existía tratamiento psiquiátrico.
Cuando tenía dieciseis años cayó en mis manos un libro escrito por un médico que se llamaba
"Las aberraciones sexuales" , entre las que figuraban aberraciones tan curiosas como el "froteurismo", que consistía en ir a hacer roces oportunistas en los transportes públicos; y la común masturbación de la que afirmaba que los que la practicaban con asiduidad terminaban en el manicomio.
Como realmente se podía terminar en el manicomio era creyéndose las pamplinas del libro, pero nuestro cerebro tiene sistemas de autodefensa que han permitido la supervivencia de un grado de libertad y placer en el sexo a pesar de los feroces ataques que les han dirigido.
Toda la diversidad de las prácticas sexuales no es sino muestra de la diversidad que muestra el hombre en todos los ámbitos y cualquier práctica es lícita siempre que sea libremente aceptada por los interesados.
Y ello nos lleva a reconocer la libertad de cualquier persona para disponer de su cuerpo como le plazca.
Los avances del conocimiento en el área de la reproducción nos sitúa ya en un punto en el que podemos hacer sexo sin reproducción y reproducción sin sexo.
El pasado de la evolución fué darwinista y el futuro en más de un sentido será lamarckiano: la acción del conocimiento acumulado. La futura evolución de la vida en la Tierra está ya en manos de la inteligencia, que la dirigirá hacia donde le convenga mediante la manipulación genética.
Y aquí quiero hacer una prevención sobre una especie de temor que propalan los moralistas: el de hacernos creer que la ingeniería genética representa un sinfín de potenciales terrores y monstruosidades al suponer que malvados científicos la usarán para inimaginables maldades.
Sepan en primer lugar que el avance del conocimiento es imparable y que los peligros para el hombre y la vida en la Tierra nunca han venido de él, sino de los sectarios y los fánaticos; ningún científico ha quemado vivo a nadie nunca por no compartir sus ideas, quienes hacen esto no son las personas del conocimiento, quienes lo hacen son los dogmáticos y los iluminados.

Nuestro Universo nos muestra un orden y unas constantes perfectas y desde su origen sigue un camino definido hacia la formación de unidades más complejas y cada nueva complejidad posee unas nuevas cualidades que no se explican por la suma de los elementos que la constituyen,es lo que se llaman cualidades emergentes. No conocemos el porqué ni el origen ni el destino de estas circunstancias pero sabemos que es así porque lo tenemos al alcance de nuestra observación, al alcance de nuestro conocimiento. Y esta misma fuerza o suma de fuerzas o azares o disposición inteligente o lo que sea no sitúa frente a nuevos problemas cada día pero asimismo nos da la capacidad para solucionarlos.
Y así cada nuevo descubrimiento o invento nos pone frente a una nueva problemática y con ella misma viene su capacidad de solución y cuanta mayor es su trascendencia más responsables nos hace.

En 1945 con la explosión de las primera bombas atómicas usadas militarmente, la humanidad entraba en una nueva mayoría de edad, era un salto desde el que nada sería ya igual desde entonces. Con el descubrimiento de las reacciones básicas de la materia se estrenaba la posibilidad del exterminio de la especie y de la vida en la Tierra en general, pero se estrenaba también una nueva responsabilidad que traerá consigo el fin de las guerras.
Ninguna guerra a gran escala sería ya la de los desfiles y las medallas, de las banderas, del honor, del valor de y la parafernalia militar conocida; sería la guerra de la electrónica, del computador y del arma final, pero será precisamente esta perspectiva de destrucción total la que hará que no se produzca, la que nos enseñará a vivir en paz y como requisito de ella huir de los extremismos y los fanatismos.

Esa es la respuesta de Sodoma, destruida imaginariamente por la columna de fuego del fanatismo y del dogmatismo, asesinos de la libertad y la tolerancia, nos dice que tenemos que vivir en libertad y en tolerancia si no queremos suicidarnos como especie bajo la columna de fuego de la reacción nuclear.

                                                             Santi Cantalejo    1988
 
 
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