| "Durante algún tiempo me abstuve de comer carne en la escuela de filosofía, donde es de uso ensayar de una vez por todas cada método de conducta; más tarde en Asia, vi a los gimnosofistas indios apartar la mirada de los corderos humeantes y de los cuartos de gacela servidos en la tienda de Osroes. Pero esta costumbre, que complace tu joven austeridad, exige atenciones más complicadas que las de la misma gula; nos aparta demasiado del común de los hombres en una función casi siempre pública, presidida las más de las veces por el aparato o la amistad.
Prefiero pasarme la vida comiendo gansos cebados y pintadas, y no que mis convidados me acusen de una ostentación de ascetismo. Bastante me ha costado -con ayuda de frutos secos o del contenido de un vaso saboreado lentamente- disimular ante los comensales que los aderezados manjares de mis cocineros estaban destinados más a ellos que a mí, o que mi curiosidad por probarlos se agotaba antes que la suya. Un príncipe carece en esto de la latitud que se ofrece al filósofo; no puede permitirse diferir en demasiadas cosas a la vez, y bien saben los dioses que mis diferencias eran ya demasiadas, aunque me jactase de que muchas permanecían invisibles.
En cuanto a los escrúpulos religiosos del gimnosofista, a su repugnancia frente a las carnes grasientas, me afectarían más si no se me ocurriera preguntarme en que difiere esencialmente el sufrimiento de la hierba segada del de los carneros degollados, y si nuestro horror ante las bestias asesinadas no se debe sobre todo a que nuestra sensibilidad pertenece al mismo reino"
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